
Escribe: Licenciado Bulmaro Pacheco Moreno
A 98 años del asesinato del Presidente electo Álvaro Obregón Salido, un 17 de julio de 1928 no termina la reflexión sobre el impacto que han tenido los asesinatos políticos en México y el mundo. La nueva biografía del General Invicto Sonorense escrita por el Doctor Ignacio Almada Bay ha vuelto a poner en el terreno de la discusión histórica la trascendencia tanto de la vida de Álvaro Obregón en su desempeño político y militar, como su muerte, a manos de un fanático religioso que en definitiva cambió el rumbo de la historia de México.
Se cumplen este año también en México 100 años del conflicto político-religioso que sacudió a México de 1926 a 1929 que diera lugar a fuertes tensiones políticas y a muertes sensibles de personajes que dieron la batalla posterior a las controvertidas modificaciones constitucionales de 1917, que buscaban regular las relaciones entre el Estado y las Iglesias, sin el consenso de las autoridades religiosas y con una aplicación radical de parte del oficialismo de las principales disposiciones legales.
Álvaro Obregón iba por seis años más de gobierno (1928-1934), cuando apenas 15 años antes la bandera revolucionaria de Francisco I. Madero había sido la de «Sufragio Efectivo, No Reelección». La justificación que se dio entonces fue que no existía en México un personaje con la fuerza, el carisma y la fama del General Obregón para hacer frente a los retos del México posrevolucionario. Algunos no pensaban así.
Tanto Francisco Roque Serrano como Arnulfo Robles Gómez se decidieron a buscar la Presidencia de la República el mismo año que Obregón con pleno conocimiento del Expresidente.
Serrano de El Fuerte, Sinaloa, y Gómez de la comunidad de Conicarit cercana a Álamos, tenían seguidores y fuerzas importantes para lograr su postulación. Ni Obregón ni Calles lo entendieron así y ambos fueron asesinados; Serrano y su comitiva en Huitzilac, Morelos, en octubre de 1927, y Gómez en Coatepec, Veracruz, un mes después.
Meses después sería asesinado el reelecto Álvaro Obregón con lo que la contienda presidencial por la sucesión del Presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928) terminó con los tres candidatos muertos antes de la toma de posesión formal que sería en diciembre de 1928. El horno no estaba para bollos y por segunda ocasión después del asesinato del Presidente Venustiano Carranza, en mayo de 1920, se le presentaba al sistema político mexicano el gran dilema de la continuidad en el poder del grupo revolucionario y la aplicación de la nueva Constitución de 1917.
Calles tuvo la sensibilidad de no escuchar a las voces que le exigían quedarse en el poder algunos años más hasta que las aguas se calmaran. Obregón, al que injustamente se le cargaron las culpas del conflicto religioso, por lo que se sabe, traía en el traje que portaba en el momento de su muerte algunas tarjetas con recomendaciones para resolver el conflicto: restituir los servicios religiosos en las iglesias y reglamentar las disposiciones constitucionales referentes al tema para lograr la paz con un poder real, que gozó de privilegios en la Carta Magna de 1824 (religión de Estado) pero que enfrentó restricciones en la de 1857 (leyes de reforma) y en la de 1917 (artículo 130 y diversos) después de siglos de dominio y gran poder.
Irónicamente el conflicto terminó por resolverse hasta 1992 con las reformas al artículo 130 impulsadas por Carlos Salinas.
Calles optó por la institucionalidad—rechazando el caudillaje— en su famoso discurso de diciembre de 1928 y manejó políticamente la sucesión de Obregón con tres Presidentes que cubrieron el sexenio del otro sonorense: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, en el período denominado por algunos como el Minimaximato que por encima de todo cumplió con las disposiciones constitucionales para el relevo del poder en seis años para dar lugar al período que realmente institucionalizó el poder presidencial en México; el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río que dio lugar al modelo político que se instaló en México de 1934 al 2000, no sin tensiones ni conflictos por los problemas generados por el relevo del poder en varias ocasiones hasta que el modelo hizo crisis en el PRI en 1999 dando lugar a la alternancia en el poder en la elección del 2000 generando varias interrogantes: ¿Cómo le hicieron los gobiernos del PRI para garantizar la estabilidad política por tantos años aún con sacudidas fuertes como las de 1952, 1968 y 1988? ¿Cómo le hicieron para combinar exitosamente la estabilidad política lograda después de los conflictos con un crecimiento económico que alcanzó a la mayoría de la población, combatiendo el analfabetismo y erradicando enfermedades contagiosas y mortales a través de los programas de vacunación más exitosos de la historia?
Las respuestas a estos dilemas no forman parte de misterio alguno. El sistema político generó sus propios cuadros y preparó a varias generaciones de servidores profesionales—con capacidad y experiencia— que entendieron su momento y actuaron en consecuencia a través de la mayor expansión de ofertas educativas, infraestructura de salud, electrificación y reformas incluyentes del sistema político que contribuyeron notablemente a reconocer la pluralidad—la creación de nuevos partidos y esquemas de representación política— y las demandas de quienes pensaban diferente al mundo oficial —nuevas instituciones para impulsar la pluralidad— y adaptarse a los cambios ocurridos en el mundo (caída del muro, la desaparición de la URSS, el libre comercio, la invención de la web www y la desaparición de los partidos comunistas a excepción del chino).
Durante años se manejó en el lenguaje oficial la palabra «Continuidad» de la Revolución Mexicana para impulsar los cambios en las condiciones de vida de los mexicanos y nunca se presumió de que México se «reinventaba» con los cambios y reformas introducidas para lograr la viabilidad del sistema político y mucho menos argüir que México se situaba en el «lado correcto (inexistente, por cierto)… de la historia».
Hubo visión y las instituciones—aquellas que mencionara Calles en su discurso de 1928— resistieron los cambios e impulsaron a México a nuevas etapas de crecimiento y desarrollo en todos los órdenes. Todo eso es lo que ahora se extraña. No por la nostalgia por tiempos idos que ya no volverán. Sino por la falta de esa visión y el profesionalismo político con que se abordaban los problemas nacionales —con todo y sus defectos, y desviaciones— pero que garantizaron la etapa más larga y duradera de paz política y desarrollo que México ha conocido a poco más de 200 años de su fundación. Ahí está la historia, implacable en su juicio…Y en los hechos.


