
Escribe: Licenciado Bulmaro Pacheco Moreno
El “juniorismo” político no ha sido una constante en México a nivel presidencial. A lo mucho, hubo casos en la historia que dan cuenta del fenómeno sin llegar a nada extraordinario, antes de que la nueva plaga política de nepotismo, complicaciones, ineficacia y cerrazón política invadieran a México del 2018 en adelante.
Rodolfo Elías Calles, hijo del expresidente de México Plutarco Elías Calles, labró su propio camino en el sector empresarial local y en 1931 fue electo gobernador de Sonora para el período 1931-1935. Fue muy cercano al presidente Lázaro Cárdenas (se le atribuye incluso la influencia ante su padre para que Cárdenas fuera el candidato presidencial del PNR en 1933). Cárdenas le ofreció a Rodolfo la Secretaría de Comunicaciones, pero renunció al cargo al presentarse el conflicto Calles-Cárdenas en 1936.
Desarrolló empresas, creó bancos y amplió la producción agrícola en el Valle del Yaqui, influyendo notablemente en los trabajos que en Sonora desarrolló el Premio Nobel de la Paz Norman Borlaug. Terminó su carrera política como presidente municipal de Cajeme de 1952 a 1955, por petición directa del presidente de la República Adolfo Ruiz Cortines, en una etapa de enormes convulsiones políticas en el —entonces muy joven— municipio de Cajeme.
En 1964 rechazó la candidatura al Senado por no estar de acuerdo con la fórmula propuesta, y al año siguiente murió.
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nunca ocupó un cargo político mientras vivió su padre, don Lázaro, que murió en 1970.
Posteriormente sería senador de la República, subsecretario forestal y de la fauna de la Sagarpa, gobernador de Michoacán y candidato presidencial en 1988, 1994 y el 2000. Fue jefe de gobierno de la Ciudad de México de 1997 al 2000. Renunció al PRI en 1988 y al año siguiente, con un conjunto de exmilitantes del PRI, se dio a la tarea de fundar el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Cárdenas será recordado como uno de los impulsores de la transición.
Miguel Alemán Velasco fue primero senador y posteriormente gobernador de Veracruz, ya fallecido el expresidente Miguel Alemán Valdés en 1983. Álvaro Obregón Tapia fue gobernador de Sonora impulsado por el presidente Adolfo Ruiz Cortines, de 1955 a 1961, veintisiete años después del asesinato de su padre, el reelecto presidente Álvaro Obregón Salido, en 1928.
Gustavo Díaz Ordaz tuvo dos hijos: Alfredo y Gustavo. Ninguno de ellos se dedicó a la política. De los hijos del expresidente Luis Echeverría, ninguno ocupó cargos relevantes en la administración pública ni en la política. Su hermano Rodolfo fue dirigente nacional de la ANDA y su otro hermano, Eduardo, se dedicó a servir a hospitales públicos y privados.
El expresidente José López Portillo llegó a decir de su hijo José Ramón que era el «orgullo de su nepotismo», porque lo recomendó con el presidente Miguel de la Madrid para hacerlo subsecretario de Evaluación de Programación y Presupuesto, pero hasta ahí. También le otorgó cargos públicos a su hermana Margarita. Posteriormente José Ramón se dedicó a la academia, donde hasta ahora se ocupa de la producción editorial.
De los hijos del expresidente Miguel de la Madrid, solo Enrique llegó a ocupar cargos públicos en el gabinete del presidente Enrique Peña Nieto y en el poder legislativo. Nunca en el gobierno de su padre.
El presidente Carlos Salinas de Gortari no otorgó cargos públicos a sus hijos. Ninguno de ellos se dedicó a la política.
Igual sucedió con los hijos de Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón: nada de cargos públicos —y quizá menos de negocios particulares— para sus descendientes, a excepción de los hijos de la segunda esposa de Vicente Fox, Martha Sahagún, que se dedicaron a la construcción de obras en el gobierno de Fox.
En los tiempos estelares de la llamada «Cuarta Transformación» se ha intensificado el tema del “juniorismo” político debido al protagonismo de uno de los hijos del expresidente Andrés Manuel López Obrador: Andrés Manuel López Beltrán, hijo de su primera esposa.
Sus escándalos por los niveles de vida nada austeros, su participación recomendando constructores y vendedores de materiales para las obras emblemáticas de su padre el expresidente, y la recomendación para que muchos de sus amigos personales ocupen cargos en el gobierno federal han dado de qué hablar en el juicio de la opinión pública.
Antes de dejar la Presidencia de la República, su padre lo recomendó para ocupar el cargo de secretario de organización del Comité Nacional en el partido Morena, bajo la presidencia de la exsecretaria de Gobernación Luisa María Alcalde.
En esa calidad le tocó participar en las elecciones locales en Durango y Veracruz, donde no le fue nada bien a Morena.
En su defensa, López Beltrán alega que le tocó dirigir el programa de afiliación de militantes, donde lograron diez millones de registros. Esa cifra, ningún partido político la ha logrado en México, a menos que por debajo de cuerda hayan afiliado a los pensionados.
Pero algo sucedió: esta semana nos enteramos de que había renunciado al cargo partidista con la intención de irse a Tabasco a buscar postularse para una diputación federal.
A pesar de la degradación política experimentada en México en los últimos años —tiempos de transfuguismo, corrupción política, bandazos y compraventa de lealtades—, en tiempos que prometían un cambio real en el ejercicio de la política y una oxigenación de la actividad con nuevas propuestas y nuevas realidades, y una transformación que ahora vemos ha sido puro cuento, de nuevo surge el fenómeno del “juniorismo” y las herencias políticas como una muestra más de la degradación en que se ha incurrido.
Por fortuna México no aguanta modelos políticos tipo Haití, donde el padre Papá Doc Francois Duvalier le heredó el cargo al hijo,Jean Claude o Nicaragua, donde el presidente Daniel Ortega (que va para 25 años en el poder) lleva como segunda de a bordo a su esposa Rosario Murillo. O los Somoza del mismo país, Anastacio padre y sus hijos Luis y Anastacio que gobernaron más de 30 años.
Los historiadores recuerdan los tiempos de la presidencia de Manuel Ávila Camacho, cuando su hermano Maximino presionaba para ser su sucesor, y los de Miguel Alemán, cuando su primo Fernando Casas Alemán se promovía para la sucesión presidencial; pero los contrapesos de entonces —básicamente los expresidentes de la República— contribuyeron a evitar esos excesos.
Ahora en México se combate el “juniorismo” político de diferentes maneras, por el repudio que provoca en la opinión pública y los excesos de que estos hacen ostentación. ¿Qué méritos tienen? Ninguno. Todo lo han logrado solo por ser familiares de poderosos que les han abierto puertas y relaciones sin batallar como cualquier mexicano que, a través del trabajo duro y el esfuerzo diario, busca superarse y mejorar sus condiciones de vida. Ahí está la diferencia.
El “juniorismo” político no es un asunto de cultura política; es uno de nuestros males que han degradado —la ya de por sí— devaluada actividad política entre quienes la practican y ha detenido la movilidad política, en otros tiempos símbolo de estabilidad y avances. Un retroceso más de quienes se dicen Diferentes.
bulmarop@gmail.com


