
Escribe: Licenciado Bulmaro Pacheco Moreno
El fatalista político conoce poco de historia y acostumbra irse fácilmente con cualquier idea que le acomode a su propia interpretación de la realidad.
Por lo general, siempre está alerta a todo lo que se publica en los medios para justificar su actitud y sus principales ideas: «Todo está perdido», suelen decir; «No hay nada que hacer», repiten con insistencia; «No es posible ganarle a esas fuerzas que se mueven desde el lado oficial, por el gran dinero que manejan y por el gran poder que ejercen», suelen rematar para justificar sus dichos y afinar sus tesis. Para ellos, las posibilidades y las realidades de quienes aspiran a cambios están perdidas. Nada qué hacer.
Sí, es cierto que estamos viviendo una gran crisis en la política que tiene que ver principalmente con la carencia de ideales, de proyectos, de motivos reales de lucha por cambiar el contexto de injusticias y desigualdades que han resurgido en México, a pesar de tantos anuncios de cambios y transformaciones que solo se han dado en el discurso oficial.
La actividad política se ha inclinado más por el cálculo y el oportunismo, y muchos aventureros la han desviado hacia sus propios intereses o los del grupo que representan. Políticos con ideas y aspiraciones de cambio real son muy pocos ahora.
Es cierto también que las izquierdas que antes enarbolaban las banderas contra las injusticias y las desigualdades se encuentran igualmente sumidas en la gran crisis de ideas, por la pérdida de referentes históricos y por el fracaso de muchos proyectos ideológicos en el mundo —la caída de la URSS y el muro de Berlín, la crisis de Nicaragua, Venezuela y Cuba, entre otros—, proyectos que iniciaron revoluciones con grandes aspiraciones de cambio y que al final acabaron con dirigentes eternizados en el poder, atacando cualquier disidencia política y negando libertades fundamentales.
¿Qué ha sido de los sueños de grandes masas de jóvenes que acompañaron a los revolucionarios cubanos, ante las nuevas realidades que enfrenta la isla?
¿Qué fue de la llamada Revolución Bolivariana en Venezuela, encabezada por Hugo Chávez, que terminó en una dictadura de Nicolás Maduro, quien intentó eternizarse en el poder y que al final desembocó en el drama político que estamos observando desde el 3 de enero, cuando el gobierno de los Estados Unidos lo sacó del país para juzgarlo, acusándolo de una infinidad de delitos?
¿En qué acabó la llamada Revolución Sandinista que en 1979 sacó del poder en Nicaragua a la dinastía de los Somoza?
En una regresión autoritaria con un gobierno encabezado por Daniel Ortega, uno de aquellos revolucionarios idealistas que juraron que todo iba a cambiar para bien, pero que ahora se ha eternizado en el cargo llevando como segunda a bordo a su esposa, Rosario Murillo. No hay allí elecciones libres, y la persecución y el exilio de opositores han estado a la orden del día.
¿Qué fue de las ambiciones recientes de Evo Morales en Bolivia de volver al poder, después de ejercerlo por más de 13 años, siendo que ahora su corriente política ha sido desplazada por una de ideología muy diferente, que hasta sus fotos y monumentos han retirado en su propio país?
Los fatalistas siempre sostenían que nada había que hacer ahí y que ya estaba todo escrito; que la historia era lineal y que era prácticamente imposible sacarlos del poder. Ya lo vimos.
El desplome de la Unión Soviética entre 1989 y 1991 tomó por sorpresa a la mayoría. Algunos pensaron que esa nación entraría de lleno a un proceso de democratización, ya con su nombre antiguo —Rusia— y sin las repúblicas que la integraron por años.
La transición fue penosa. A Boris Yeltsin, que sustituyó a Gorbachov, lo relevó en el poder Vladimir Putin desde 1999 y, desde entonces, se ha eternizado en el cargo sin que se vislumbre el fin de su mandato.
También allí se ha perseguido a opositores, no hay más partidos que el oficial, y les ha regresado su histórica tendencia expansionista con la invasión a Ucrania y el intento de anexionarla.
Se pensaba que China seguiría el mismo camino cuando falleciera —en 1976— el líder máximo desde 1949, Mao Tse-tung, pero no fue así. A Mao lo relevó en el poder un dirigente pragmático, Deng Xiaoping, que inició la transformación de China, la cual la ha convertido en la segunda economía mundial. En China ha habido rotación en el poder y, desde 1976, la han gobernado, además de Deng Xiaoping: Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping, desde 2013. Ninguno de ellos reniega del pasado; han generado un rígido sistema de justicia y no culpan a sus antecesores de los problemas actuales. Con perfiles más preparados, tanto en China como en el extranjero, se han dado a la tarea de modernizar y proyectar al país a nivel internacional con más pragmatismo que ideología, aunque a nivel de partido y gobierno siguen considerando al marxismo como orientación fundamental.
La cultura fatalista suele culpar a China del Covid-19 y la ha visto como una conspiración contra la humanidad.
Los gobernantes chinos —aprovechando las debilidades de Rusia— han cabildado intensamente para posicionarse en la mayoría de las naciones, con especial atención en América. Sus preocupaciones actuales son el legado del Dalái Lama y la cuestión de Taiwán.
En el caso de México, el fatalismo político sostiene que no hay nada que hacer por la vía electoral contra los gobiernos de Morena, aunque el proyecto autodenominado 4T esté cada día haciendo agua, con una enorme corrupción y una gran ineptitud para enfrentar los principales problemas del país.
La crisis de operación política demostrada por la 4T con el reciente Plan A y B de la reforma electoral ha evidenciado el temor que tienen ante la elección de 2027 y las sorpresas que pudieran presentarse.
El fatalista trata de favorecerlos argumentando que las oposiciones no existen, que todo está perdido para ellos, y a cada rato fomenta la idea de que no habrá alianzas entre partidos de oposición, para debilitarlos aún más y justificar sus afirmaciones.
Los fatalistas suelen abundar y lo primero que generan es confusión. Se sienten muy informados cuando algo pasa: «Yo lo dije primero, pero no me hicieron caso»; «Yo les advertí, aunque no quisieron escucharme»; «¿Se acuerdan de que yo se los dije primero?».
Ante el fatalismo, la historia: esa enorme caja de sorpresas, como solía calificarla Octavio Paz. Cuando muchos creyeron que la caída de Rusia y el Muro de Berlín llevaría a las democracias populares de Europa —y a la misma Rusia— hacia la felicidad y la democracia, resultó todo lo contrario. Lo impredecible de los hechos históricos hace fallar a los promotores de la fatalidad y de la simplificación de la realidad. Incluso un fatalista profesional, ante la caída de la URSS le dio por inventar la tesis del “Fin de la Historia y el último hombre” cuando ¡Sorpresa! la historia apenas comenzaba y siguió con Ucrania, Irán, Venezuela, Groenlandia y Cuba.Ante eso estamos para los próximos meses. Ya se verá.
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