Entre la extinción y la miseria

Las humaredas en los hornos y la industria del ladrillo en el poblado Santa Clara, del ejido San José de Guaymas

Las ladrilleras de Santa Clara, entre la extinción y la miseria.

Por: Asención Sánchez V.

Radar Sonora

Guaymas, Sonora.- (Puntualidad Informativa) Santa Clara es una población de la Comisaría de San José de Guaymas, con una población superior a los 2 mil habitantes y cuyos inicios a finales de la década de los 40´s del siglo 20 las humaredas de sus hornos establecían lo que sería la industria de ladrillo como su eje comercial y económico, desde hace más de 30 años venido a menos ante la aparición del block de cemento.

Aunque incontables, algunos de sus más viejos habitantes recuerdan que en la bonanza del artesanal producto había más de 100 negocios dedicados a su elaboración, y muchos otros, aunque no tantos, 20 cuando mucho, a cocer el ladrillo que fue y es motivo de fama y fortuna, todavía hoy en día, para unos cuantos, entre ellos gente que no tiene tradición ni conocimiento, que viven en la ciudad, y lo ven solo como negocio.

Hoy suman entre 15 los que regularmente hacen ladrillos, y unos cinco que le entran cuando tienen pedidos personales, grandes, pero tienen otras actividades pues no se vive a la espera de clientes pues las utilidades ya no son las mismas y el cemento vino a clavarlos en la cruz con la aplicación de block en un 90 por ciento de los fraccionamientos de interés social y casas nuevas que se construyen en Guaymas y San Carlos.

Los que tienen más clientes producen entre 30 y 40 mil ladrillos al mes, cuando hace 40 años hacían hasta 150 mil cada 30 días. Un obrero puede ganar el mejor día, a destajo, 300 pesos, bien trabajado, y un día malo, dependiendo del clima, 50, 60, 70, 80 pesos, o nada, “ni pa´comer algo sale, menos pa´cigarros, bromea un veterano que se negó a dar su nombre por temor, pues no tienen derecho a enfermarse. IMSS tampoco.

 

La María…

Rafaela Arriola Moreno tiene 75 años, un tercio de ellos en Santa Clara. Viuda de Arturo Gutiérrez quien se le puso malo, lo llevó al hospital general y lo trasladaron a Hermosillo. Allá murió y fue enterrado pues salía más barato y fue para lo que alcanzó tras vender todos sus bienes, menos unos cuartos edificados sobre un terreno del ejido del cual tiene posesión y le gustaría regularizar, aunque no tenga a quien heredarlo.

No tuvieron hijos y ya ni recuerda quien le puso María, y así la conocen en Santa Clara, donde hace ladrillo cuando puede, solita, igual come de lo que los vecinos le brinda, en unos cuartos oscuros pues no tiene energía eléctrica y posee solo una vieja cama con un remedo de colchón donde duerme. Cocina en el suelo lo poco que obtiene con sus escasas ventas y en un estante de madera vieja luce su despensa de días: una lata de sardina.

Su casa se ubica a espaldas de una escuela y gusta sentarse en la única silla que posee a ver jugar a los niños. A veces la acompaña un perro que la aprecia aunque solo le ofrezca cariño. Alimento no porque nunca tiene y cuando recibe algo de los vecinos, no le sobra. Una pared luce reconocimiento reciente por su trayectoria de vida como ladrillera. Le prometieron apoyo del ayuntamiento (IM); no regresaron. Tampoco llegó la despensa.

José María Miranda es de Santa Clara y trabaja para Felipe Osuna, ladrilleros de los más conocidos por la calidad de sus productos. Arribamos a su terreno de elaboración cuando estaba en plena faena. Agradece tener trabajo que, aunque no siempre hay, le ha permitido sobrevivir tiempos difíciles. El ladrillo que tienen secando, algunos cientos, se ve de muy buena calidad. Es del tamaño normal, conocido como Listón.

También trabajan, por encargo, el Sapo y el Mongol. El Sapo es el más grande y puede costar allí en el pueblo cuatro pesos la pieza. La mezcla la baten con estiércol que les venden ganaderos de la región, y la tierra barriosa, la cobra el jefe de Vigilancia del comisariado ejidal al ser sustraída de su fundo legal. Las jornadas no tienen un horario definido pues ganan lo que producen, lo que les permiten los años y sus fuerzas.

El block de cemento ellos no lo trabajan. Eso lo hacen otras gentes con mucha maquinaria y poco personal. Aunque dicen ellos que es mejor una casa de ladrillo por ser más térmico, los constructores de fraccionamientos de interés social lo utilizan pues su porcentaje de utilidad se incrementa. Los pobladores de Santa Clara, ex ladrilleros algunos cientos, han buscado otros empleos, con mejores prestaciones.

La realidad está allí, son los constructores de casas particulares los que prefieren el ladrillo, y los que mantienen esa industria artesanal que se niega a sucumbir a la modernidad.

Las humaredas en los hornos y la industria del ladrillo.
Eje comercial y económico en el poblado, desde hace más de 30 años, que ha venido a menos.