Guardando los machetes

En estos días difíciles debemos mostrar en todos los foros posibles la potencialidad de México: nuestro país cuenta con extraordinaria fuerza productiva y humana, con excelentes oportunidades para la inversión. Cada quién en su ámbito de actividad es llamado a enfrentar los retos que hoy vivimos.

No tenemos muchas alternativas: o trabajamos juntos, o desapareceremos como nación. Trabajar juntos requiere ser solidarios. El concepto de solidaridad ha perdido su encanto original: ser solidario no es sólo dar ayuda, sino que implica un verdadero compromiso con aquél al que se le brinda apoyo.

El sentido básico de la solidaridad supone que se practica sin distinción de sexo, raza, nacionalidad, religión o afiliación política. La única finalidad de la solidaridad es el ser humano necesitado. El término se desvirtúa ante el abuso del discurso político y el denominado marketing solidario. Sin embargo, la verdadera solidaridad es ayudar a alguien sin recibir nada a cambio con la intención de trabajar por el bien común.

Sacar a la patria de las garras del conflicto en época de campaña es una tarea gigantesca. Requiere unidad de propósito, prioridad y dedicación. Una planeación minuciosa, estrategias claras y precisas, coordinación perfecta, tecnología de punta en comunicaciones y los mejores hombres y mujeres para llevarla a cabo: personas íntegras con el amor de patria en las entrañas.

Anteponer el bienestar de la nación por encima de intereses partidistas es el primer paso. Los recursos en promover los partidos políticos deben canalizarse hacia la restauración del clima de seguridad que favorezca la inversión y el turismo: más oportunidades de desarrollo, de crecimiento, mayores sueldos. El resultado repercutirá en mejores condiciones de vida para todos los ciudadanos.

Nuestros dirigentes, con ideas brillantes y el corazón en la mano, deberán dedicar su quehacer público a solucionar los problemas de fondo que limitan el desarrollo de los mexicanos, los problemas de base: el país clama justicia social. La sociedad justa se basa en el principio de la buena voluntad entre los hombres y la libertad de elegir a sus gobernantes, y esto sólo se da entre iguales. Poner límites a la libertad de unos al mismo tiempo que se amplía el campo de libertad de otros no es señal de buena voluntad. El desarrollo de unos en detrimento del bienestar de otros, tampoco.

Los mexicanos comprometidos con la nación superarán las actitudes que limitan el cambio. Guardarán en un saco roto los agravios y resentimientos acumulados en estos tiempos difíciles. Esto permitirá una mente clara para comprender el hecho de que nuestro país está en crisis como consecuencia de muchos factores, no todos atribuibles al gobierno.

El país entero parece estar en crisis. Las crisis se agravan cuando las personas se paralizan por el miedo, el pesimismo y la falta de iniciativa. Y se agravan mucho más por el odio, el resentimiento, y los juicios temerarios.

El amor a la patria no tiene barreras: brinca, salta, corre, vuela, derrumba todos los obstáculos lleno de esperanza, hasta alcanzar la meta. Recordemos que solamente los peces muertos nadan con la corriente sin oposición alguna.

El peor fracaso en un país es la pérdida del entusiasmo. Las naciones que saben enfrentar las dificultades sin recurrir a la violencia guardan los machetes, y contribuyen a la grandeza de la patria por los caminos de la paz.

Esos caminos conducen a la enorme avenida de la educación: la educación hace a la persona difícil de manipular e imposible de esclavizar. La educación es el fundamento de todo progreso humano. Es la base de un diálogo para lograr un acuerdo que beneficie a todas las partes en conflicto.

Un pueblo que desea la democracia no recurre a la violencia. Gandhi decía: ‘Ojo por ojo y el mundo queda ciego’.

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