Guadalupe Guzmán Betancourt; garbanzo de a libra

Guardaba para sí una imagen de seriedad y una formalidad muy propia de quien se sabe fruto de la cultura del esfuerzo.

De quien como producto de la movilidad social propiciada por la educación pública, se sentía muy orgulloso de sus raíces campesinas del México profundo, del entorno Nayarita.

También sentía el orgullo de aquellos que peldaño a peldaño y con muchos sacrificios, van labrando su presente y estableciendo las bases de su futuro. Tenía visión y coraje sin perder la cabeza.

Un presente que él disfrutaba notablemente porque al atinarle a su vocación profesional, día con día creaba, aportaba, diseñaba y dejaba ver que sabía. Por eso lo buscaban, lo consultaban y siempre servicial, atendía, explicaba, actuaba y resolvía con suma modestia.

Nunca con soberbia ni con jactancia. Al contrario, batalló para destacar en la institución, porque por años fue víctima del bullyng, debido al color de su piel y a su origen campesino nayarita. Nunca cedió.

Se daba por enterado de las opiniones sobre su persona, pero nunca le hicieron mella. “Se hace camino al andar” repetía con Machado.

Al contrario. En muy poco tiempo y antes de cumplir los 50 años, logró establecerse como un profesional exitoso de la ingeniería civil en tareas consultivas, empresariales, docentes y administrativas.

Respetado en el ambiente se volvió en poco tiempo un referente profesional importante y con mucho conocimiento.

Tercero de los ocho hijos procreados por Patricio Guzmán e Irma Betancourt, cinco de ellos—nacidos en Nayarit—, llegaron a Guaymas a mediados de los años setenta del siglo pasado a vivir en una modesta casita ubicada en la ladera de uno de los cerros que circundan a Guaymas a un lado de la calzada García López.

Lo conocí ya como ingeniero civil egresado del Tecnológico de Guaymas y como un profesional de la ingeniería muy solicitado por sus conocimientos y habilidades técnicas por las empresas de la región.

Como Jefe del Departamento de Recursos Materiales del Tecnológico y posteriormente subdirector administrativo, nunca dudó en establecer las prioridades de la Institución.

Sugirió la terminación de la obra inconclusa de los laboratorios. Reparó edificios que se estaban cayendo por los efectos de la salinidad de los terrenos donde se ubica la institución. Limpió de fondo el canal que atraviesa el terreno del Tecnológico donde antes se depositaba basura y contribuyó a encementar un buen tramo del mismo librando a la escuela de criaderos de moscos y olores fétidos.

Libró a la institución de abundante chatarra y alimañas que con los años se acumularon entre los edificios y los terrenos.

Contribuyó al diseño y construcción de una nueva cafetería para la institución. También para la construcción de un estadio de soft ball ahora con alumbrado. Fue un incansable gestor para que su institución renovara en su totalidad la base de computadoras establecidas en el Centro de Cómputo (también modernizado) y que por años no se habían actualizado.

Contribuyó a la impermeabilización de todos los edificios que integran al tecnológico. Fue un vigilante acucioso de la construcción de un nuevo laboratorio de ingeniería industrial y se aplicó en incrementar la planta vehicular de la institución, así como el acervo bibliográfico de la biblioteca.

Durante los más de tres años que fungió como subdirector administrativo fue un incansable funcionario que no distinguía ni fines de semana ni días festivos. Siempre atento, diseñador, gestor y operador en la solución de problemas sin burocratismo ni abulia.

Aguantó calladamente la insolencia de aquellos que -por vicios, herencias y deformaciones- se acostumbraron a adaptar a la institución a sus necesidades y no al revés, e intentos de humillación como aquella ocasión en la que una dirigente sindical lo sacó—usurpando funciones y violentando derechos humanos -delante de sus alumnos-, del salón de clases, alegando que su situación como profesor era irregular. De eso se lamentaba pero nunca fue un hombre de rencores ni de revanchas.

José Guadalupe Guzmán murió ayer domingo 13 de mayo por la mañana en el hospital Ocaranza del ISSSTE en Hermosillo, a los 48 años.

Al morir ocupaba el cargo de subdirector de Planeación y Vinculación del Tecnológico de Guaymas. Su muerte nos deja un gran vacío…pero también un gran ejemplo. Fue un servidor público ejemplar, un profesor muy echado de menos por sus alumnos y un profesional de la ingeniería reconocido por Tirios y Troyanos.

En el servicio a su institución, al resto de los Tecnológicos federales y a su comunidad nunca se rindió, ni se dejó llevar por la corriente ni por los temores, mucho menos por el conformismo burocrático que a veces suele transformar los fines de las instituciones.

Como pocos, le sirvió a la educación pública superior hasta el límite de su capacidad, con mucha energía, honradez, pasión y visión.

Lo vamos a echar de menos. Sus hijos José Antonio y Jazmín Alondra, su esposa July Maya, sus padres, y sus siete hermanos -a quienes abrazamos con toda la solidaridad sentida- sabrán que me quedo corto al describir a este ser humano de excepción.

Descanse en paz el gran José Guadalupe Guzmán Betancourt.