
Morelia, Michoacán.- Esta es, sin duda, una de las noticias más desgarradoras de lo que va del 2025: los cuerpos sin vida de un niño y una niña, de apenas 10 y 12 años de edad, fueron encontrados en avanzado estado de descomposición dentro de una habitación del Hotel Campestre Torreblanca, ubicado sobre avenida Periodismo.
Durante días nadie notó nada. Nadie preguntó. Nadie revisó. Fue hasta que el hedor se volvió insoportable que el personal del hotel decidió entrar al cuarto y descubrió el horror: los cuerpos de dos menores, abandonados, posiblemente asfixiados.
Lo peor no es sólo el crimen, sino la evidencia clara de un Estado ausente: una mujer, que rentó la habitación bajo el nombre de Ana Cristina F., ingresó hace días al lugar. Pasaron más de 48 horas y nadie del hotel, ni autoridad alguna, detectó lo que ocurría. Ni una visita, ni una revisión. Nada.
Las autoridades —como siempre— llegaron después de que todo ocurrió. Policías municipales, estatales y la Fiscalía General del Estado acudieron ya cuando los niños llevaban días muertos, como si no fuera parte de su trabajo prevenir, vigilar, proteger.
Y claro, ahora sí, la carpeta de investigación. Ahora sí, los comunicados fríos. Ahora sí, la madre —encontrada en mal estado de salud— está bajo resguardo.
Pero el daño ya está hecho. Dos vidas arrancadas en condiciones que aún no se aclaran, pero que no deberían haber sido posibles en una ciudad que se dice “vigilada” y “segura”.
Esta tragedia no es una historia aislada. Es el reflejo de un sistema podrido, de un gobierno municipal y estatal que finge funcionar, pero que no sirve para prevenir la muerte de dos niños en una habitación de hotel a plena luz del día.
La pregunta que queda en el aire es: ¿cuántos más tienen que morir antes de que el Estado deje de ser un fantasma?


